Sentate con la espalda derecha, las manos
sobre los muslos, los pies bien apoyados en el piso y los ojos cerrados.
Observá a tu cuerpo, sin juicio, con
ecuanimidad, si hay zonas en tensión, si hay alguna
molestia, cómo lo sentís, sin
modificar nada, sólo observar.
Ahora observá tu respiración, también sin
modificarla durante unos minutos.
Una vez que hayas observado ambas
cosas, comenzá a hacer tu respiración más
profunda,
tratando de llenar los pulmones, de
forma relajada, placentera, sin agitarte, sin forzar.
Luego de hacer algunas
respiraciones profundas, al inhalar visualizá el aire que estás tomando,
como una luz blanca brillante, de
energía vital, sanadora, que te equilibra, te energiza, te armoniza, cada
célula de tu cuerpo, de tu mente y de tu espíritu. Esa luz entra por la nariz y
se localiza en el centro de tu
pecho y al exhalar esa luz se expande por todo
el cuerpo. La luz en el centro del
pecho se hace muy brillante y potente, y al exhalar se expande.
Hacé
algunas repeticiones, luego respirá normalmente, hacé
los movimientos que necesites, estirate, abrí los ojos y ya podés
seguir con tu jornada.
Que lo disfrutes!

No hay comentarios:
Publicar un comentario